Juan Brito García

Don Juan Brito García          “Sacerdote

 

El Rvdo. Don Juan Brito García, nacido y criado en nuestro querido Barrio de San José de cuya memoria ha quedado grabada no sólo en la lápida que se conserva en el frontis del templo, sino en la memoria y en el corazón de todos los que tuvimos la dicha de conocerle y tratarle. Vivió en la calle de San Vicente Paúl (en La Portadilla). Le recordamos cómo cada día le veíamos ir y venir al templo para ejercer el ministerio, fue un sacerdote de vocación tardía pues de niño ingresó en el Seminario, pero no sabemos por qué salió y se empleó en un comercio de nuestra capital. La semilla de su vocación volvió a germinar e ingresó de nuevo en el Seminario, ordenándose de sacerdote a los 30 años. Ofició su primera misa en la parroquia de Santo Domingo porque en esa fecha pertenecía a la misma. 

Su primer destino fue a la parroquia de Arrecife como coadjutor, luego la de San Gregorio de Telde donde se le recuerda por su ferviente apostolado. De ésta pasó a la de San José siendo el primer párroco de la misma, fue el día 27 de febrero de 1938 cuando el señor obispo, monseñor Pildain, de inolvidable memoria para los canarios, la erigió como parroquia, e hizo su entrada el día de San José en nuestra Diócesis. Tuvo por esta parroquia una predilección especial, prueba de ello fueron aquellas conferencias para obreros y sus visitas a los pobres y enfermos, subiendo a pie las laderas de nuestro barrio. Fue don Juan Brito en aquellos tiempo difíciles como consecuencia de la guerra civil del año 1936, un hombre consagrado a su misión sacerdotal manifestado en una entrega fiel a su identidad como vocación consagrada, que no puede ser otra que la recordada por el Papa Juan Pablo II en especial en su carta escrita a todos los sacerdotes de la Iglesia en la que dice que, “el sacerdote no sólo debe forjarse en una vida de oración como hombre escogido por Dios para el servicio de la Iglesia, sino cualificarse entre sus fieles como tal”.

El fue para nuestro barrio el sacerdote de Cristo entregado a su pueblo, dispensador de los dones sagrados que Cristo ha confiado a todo sacerdote y todo dirigido al servicio del Buen Pastor, como nos dice San Pablo, “tomado de entre los hombres, en favor de los mismos”. Y como dice Cristo, “en el mundo, sin ser del mundo”. Este fue don Juan Brito García quien con su prudencia y tacto de los hombres de Dios, en aquellos tiempos supo plantar la semilla que fue germinando hasta dejar una estela de santidad en los feligreses de este barrio, captándose la simpatía y el aprecio de niños, jóvenes, padres de familia y ancianos, pues para él no había acepción de personas sólo veía en ellos, a hijos de Dios y de la Iglesia. Con su figura esbelta, campechana y sencilla a la vez, transmitía en todos la satisfacción, la alegría y el consuelo que sólo pueden derramar las almas llenas de amor a Dios y al prójimo.

Para todos tenía don Juan Brito García una sonrisa y unas palabras que decir y cuando no, con sólo su mirada ya adivinábamos que don Juan nos conocía y amaba como un padre, pues era lo que hoy podemos decir un carisma especial. La inquietud principal al llegar a la parroquia fue organizar la Acción Católica (que no está pasada de moda aún en nuestros tiempos), cuya finalidad era vivir y unir la oración al trabajo pero dando preferencia a lo primero. Pues como él nos decía, todo lo que hagamos si no estamos unidos al Señor, vale muy poca cosa y terminará por desaparecer. Para ello comenzó por organizar la Cruzada Eucarística llamada por Pío XI la escuela primaria de la Acción Católica, siguiendo por los llamados entonces aspirantes, jóvenes y padres de familia, y en los círculos de estudio que daba cada semana en el Centro, nos decía: “Si logramos mantener estas cuatro ramas tendremos organizada en la parroquia la rueda completa de la formación religiosa, si falla una de ellas no podremos marchar sino a medias”. Y esa escuela de la Acción Católica con sus cuatro ramas formaba los catequistas para llevar el mensaje de Cristo a todas las familias, en ello daba gran importancia la asistencia a los pobres y a los enfermos. Y bien que lo consiguió en esta parroquia que es la nuestra.

Y a pesar del paso del tiempo y de los cambios que tanto en lo civil como en lo eclesiástico nos ha tocado vivir, no se ha apagado la antorcha que él supo encender en su ministerio sacerdotal entre los hijos de San José, donde se vivieron los mejores años de apostolado fecundo, sincero y ferviente.

Fruto de ello fue el conseguir uno de los mejores locales de entonces (calle Estufa, 1), también otro signo de la eficacia de su apostolado fue la institución en nuestra parroquia de la fiesta de Cristo Rey (actualmente desaparecida). Lo recordamos en aquellas procesiones con la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, y al llegar a la plaza de la iglesia terminar cantando el himno de “Nuestro Apostolado avanza”, entonado y dirigido por él con acompañamiento de la banda de música y de todo el pueblo.

Memorables aquellas asambleas que organizaba como preparación a la misa una semana antes, en la que dirigían fecundas charlas los conciliarios de entonces, como un don José Naranjo Déniz, de feliz memoria. Las imposiciones de insignias en el día de Cristo Rey a aspirantes y jóvenes de ambos sexos quienes las llevaban sin respeto humano, dando, como se suele decir testimonio de Cristo y que aún conservan algunos con gran respeto. Otro signo de su apostolado fue las comuniones en los domingos, acercándose a recibir la Eucaristía, jóvenes, niños y adultos hasta llenar los bancos de la iglesia.Y todo ello unido a lo que llamábamos las sabatinas en honor de la Virgen con el rezo del Santo Rosario y el canto de la Salve, tan recomendado por los Papas y en especial, por Juan Pablo II.

El día 4 de diciembre de 1971, nos trajo a todos la triste noticia de su inesperado fallecimiento en el cementerio de San Lázaro del que fue su primer capellán. Muchos fueron los vecinos de San José a quienes vimos desfilar ante su cadáver con lágrimas en los ojos, tanto a hombres como mujeres, niños y sacerdotes. Su desaparición no sólo fue sentida en nuestro barrio, sino en toda la isla de Gran Canaria y especialmente en Firgas donde también desempeñó su ministerio.

 

Artículo: Carmelo Ramírez Pérez  –  (Agosto 2011)

Fuente: ULPG – Francisco Cabrera Suárez

 

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