Los Carpinteros

Los Carpinteros

 

Si los barrios se valoraran por la variedad de oficios de sus vecinos, nuestro populoso Barrio de San José, en otras épocas sería el más grande entre los grandes, ya que actualmente han desaparecido muchos de los oficios que allí se desarrollaban, como: carpinteros, ebanistas, tallistas, torneros, latoneros, herreros, mamposteros, albañiles, fontaneros, electricistas, mecánicos, carniceros, barberos, zapateros, etc. También las mujeres tenían los suyos: lavanderas, comadronas, costureras, planchadoras, bordadoras, confiteras, cesteras, escoberas, etc., pero es sin lugar a dudas el de “Carpintero” (más de una docena de carpinterías) el que afloraba por cada rincón, y he aquí unos detalles curiosos:

Reglamento

Maestro Chano, el carpintero, decía que todo era cuestión de escuadra y que si la estantería estaba desnivelada era porque su colega se había olvidado de ella, de la escuadra, al montar el mueble.

Tenemos  a la vista un reglamento de la “ Sociedad de carpinteros, ebanistas y similares de Las Palmas (Gran Canaria)”, aprobado en la junta general del gremio del día 6 de noviembre de 1916. Firmaban el documento los miembros de la comisión organizadora Don Jacinto Morales y Don Tomás González, éste último con taller abierto cerca de la Placetilla de Los Reyes, donde se solía reunir una tertulia de amigos y vecinos al atardecer, con sillas y algún cajón de petróleo sobre la acera lindante con la carpintería.

Añoramos los artesanos de la época de nuestros padres, cuando aún vivíamos en el limbo, o el semilimbo, de la infancia. Los artesanos formaban parte del ambiente familiar, y acudían a la primera llamada, dispuestos a arreglar cualquier desperfecto de los hogares. Nuestros padres tenían confianza en ellos, en su maestría, en su honradez y en su buena voluntad.

 

– Maestro Chano, la puerta de la calle está empená, mire a ver si tiene compostura –

 

Nuestro hombre desmontaba la puerta y después de observarla de frente y de canto, ponía manos a la obra hasta enderezarla y dejarla como nueva. Y de paso corregía los defectos de bisagras y fechillos, además de la cancela de hierro y la taramela de la puerta que separaba el patio del resto de la casa. Total cuatro horas de trabajo.

 

¿ Cuanto le debo maestro Chano ?  – decía nuestro padre

 

Nada Don Luís, ha sido poca cosa, y ni siquiera tuve que cambiar los tirafondos,  “pa’otra vez lo arreglamos”.

Como indicamos anteriormente  – la promulgación de un reglamento –  la vida gremial de los artesanos tenía bastante importancia dentro de la sociedad isleña. Los carpinteros se preocupaban de ofrecer una buena imagen, para pertenecer al gremio se exigía tener más de dieciséis años y una “buena reputación moral” acreditada por los vecinos del barrio.

Debían pagar una cuota mensual de una peseta, la cual se perdonaba si el interesado sufría una enfermedad y convalecencia de más de quince días.

Se consideraba falta grave que el artesano causara disturbios o produjera malestar por su “conducta díscola” entre los compañeros.

 

– Déjese caer por mi casa, Maestro Chano, que la criada de dentro rompió el barandal de la galería –

 

Artículo: Carmelo Ramírez Pérez – (Diciembre 2009)

Fuente: Ramón Ramírez Suárez

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